Se fue la luz

Hacía mucho tiempo que no me ponía el traje que estaba guardado en mi closet. Esto se hacía evidente gracias a la incontenible tos que me produjo la densa nube de polvo que despidió con sólo levantarlo. Metí mi mano dentro del saco y sentí que todas las piezas estaban allí: el saco, una camisa, el chaleco, el pantalón y la corbata. Está última me até lo mejor que pude, ya que nunca había aprendido realmente a anudarla de la forma correcta. Una vuelta por aquí, otra por allá, se saca la lengua y ¡saz! Así no es. Quedó muy corta. Otra vez. Demasiado larga. Otra vez. Así mismo es, creo yo.

El traje completo me esperaba acostado en la cama mientras regresaba de mi ducha. Me sequé el cabello y me lo peiné con relativa delicadeza, por lo general no prestaba mucha atención a este detalle, pero hoy tenía tiempo para hacerlo. Me sorprendió la cantidad de botellas vacías de perfume que no sabía que tenía, nunca las boté quizás porque siempre pensé que les quedaba un poco aún que podía utilizar. Luego, los zapatos. ¿Dónde estarían esos zapatos? En la profunda oscuridad del closet habitaban seguro millones de monstruos que comían telarañas y tiempo, bajo la montaña de pares de calzado que nunca tenía tiempo de poner en su sitio. Ahora que lo pienso, el desafío no era ya encontrar mis zapatos de vestir, era encontrar un simple par completo. ‘El celular’, pensé. Quería utilizarlo para iluminar mi camino, pero recordé que no tenía batería. Así que no hubo otra opción que lanzarse a la aventura de encontrarlos a través de mis demás sentidos, el tacto y el olfato serían especialmente esenciales para encontrar un par de mocasines de cuero, negros como la oscuridad en la que habitan.

‘¡Aquí están!’, pensé triunfante. Y eran realmente ellos. Eran los únicos que estaban juntos. Desde hacía tantos años, por supuesto. Me los calcé de inmediato, y busqué algo para pulirlos lo más que podía, para hacerlos al menos presentables.  Finalmente estaba listo.

‘¿Listo?’, escuché desde el otro lado de la puerta, a lo que respondí ‘¡Listo!’, de la misma forma entusiasta. Abrí la puerta despacio, asomándome hacia el pasillo en la penumbra. Justamente del otro lado, otra figura como yo, exactamente en el lado opuesto, replicaba mis acciones dejando ver apenas su rostro con el resto de su cuerpo oculto detrás de la puerta. ‘¿A la cuenta de tres?’ pregunté. Y a la cuenta de tres salimos a nuestro encuentro.

Allí estaba. Si figura estaba compuesta de una manera que parecía no recordar, desconocida y a la vez perfecta. Hacía tanto tiempo que no nos encontrábamos de esta manera, preocupados por impresionar al otro, tomándonos el tiempo y la dedicación para una sorpresa. La luz de las velas que estaban sobre la mesa del comedor sabían encontrar los ángulos ideales para resaltar su belleza, y cada perfil, cada curva y cada facción parecían una armonía compuesta por el más experto concertista. No podía creer que hacía tanto tiempo que no veía esto. Quizás era el elemento desconcertante de estar bajo una luz diferente.

Frente a nosotros se encontraba un festín de la comida más deliciosa y menos glamorosa del mundo. Una pizza de pepperoni y una botella de Coca-Cola. Eso si, bajo la luz de las velas y con platos y cubiertos. La velada avanzaba y cada vez más nos ahogábamos de la risa entre sorbos y mordiscos en lo más profundo de nuestros recuerdos, de nuestros momentos más especiales. Escuchar nuestra conversación fue como sentarse a pasar las páginas de un polvoriento álbum de fotos, de instantes capturados que reflejaban nuestras primeras veces, nuestras veces más memorables, las que nunca le contamos a nadie, y las que les contamos a todos a medias. Y cada momento en que no hablaba para escuchar, no podía dejar de contemplar mi vida frente a mis ojos, el lugar en donde había venido a parar, el camino al que nunca agradecí que me trajera hasta aquí, hasta este momento en que por un instante todo tenía sentido de nuevo. La oscuridad se sentía llena de las velas, y del reflejo de su belleza que abarcaba de forma despreocupada toda la habitación y más allá, desbordándose por las ventanas, subiendo las escaleras, invadiéndome el alma hasta el último rincón.

Y así justo cuando nuestro beso sucedería, cuando me acercaba para colocar mis labios entre los suyos, así tan inesperadamente como se había ido, decidió regresar de repente la luz. Instantáneamente, en la esquina opuesta, se encendía nuevamente el televisor. ‘Ahora, las noticias de las once.’, anunciaba el periodista.

‘Tengo que terminar de responder unos correos urgentes. ¿Recoges la mesa?’. Asentí con la cabeza. Bajé la mirada y me di cuenta de que mi corbata estaba amarrada incorrectamente después de todo. Y recordé que había correos que responder, platos que lavar, cuentas que pagar, cremas que aplicarse, dientes que cepillar, pijamas que ponerse y otro día que empezar. Y tan poco tiempo para hacerlo todo. El tiempo, como la luz, había vuelto.

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